Y así llegué a Buenos Aires. Yo,
que nunca pensé que viajar fuera del país tan pronto ni tan joven. Mis
esperanzas en ese ámbito no eran muy grandes, y tampoco mi interés, el que sólo
apareció cuando una gran amiga me propuso ir al gaucho país para acompañarla.
Entusiasmado ante lo bello y desconocido de la oferta partí con mi maleta, mi mochila, mi croquera, dos cigarros, los
pesos justos y las ganas de empezar de cero todo con el viaje, y la oportunidad,
valga la redundancia, no podría haber sido más oportuna. Y ahí, inesperada e
irrevocablemente, me enamoré de todo.
Quizás fue el aire. Quizás el
hecho de estar tan lejos de la casa. Quizás fueron las majestuosas y
antiquísimas construcciones que se contrastaban con las calles atochadas de
autos, de motos imprudentes, de colectivos impacientes, de bolsas de basura y gente amable y con voz
alzada, de parques y edificios altísimos que desafiaban las normas de seguridad
antisísmicas y de las pizzerías, cafés, maxikioskos, medialunas y adoquines.
Quizás qué fue lo que hizo que me sintiera tan libre. Probablemente el saber
que estaba lejos de todo lo que conocía. Buenos Aires se transformó para mí en
libertad absoluta, indisoluble y encantadora, y a la vez me presentó a la
libertad en persona. Una libertad con una mirada eternamente brillante y una
sonrisa que ni siquiera los antiguos griegos podrían haber imaginado.
Cuando alguien así aparece no se
puede hacer nada. O te rindes o te rindes, no hay opción ni escapatoria ni
nadie que te ayude escapar. Y la cosa es que, tampoco quieres huir. ¿Qué más se
puede hacer? ¿Cómo resistirse a alguien que te inspira a ser mejor, cuando esa
sensación es tan surrealistamente perfecta? ¿Cómo no perderse en esos ojos tan
profundos como el océano y esos cabellos que parecen llevarse tan maravillosamente
bien con el viento? No se puede, y no querría por nada del universo no perderme
en ese mar de inocencia y magia, esa que te hace despertar cada día con el
corazón en el techo.
Ella, la que habla con los gatos,
la que camina con una gracia salida del cielo, la que con su sonrisa te
estremece y con su mirada hipnotiza hasta al más bravo de los bravos, la más
grande belleza sobre la tierra, sin tiempo ni lugar, pura como la pureza, ella,
SI, ella!, la más linda pintora que pueda existir, quizás nunca lea esto. Tal
vez nunca se entere de esto, y probablemente mi existencia no haya pasado por
ella más que como una mera anécdota. Un cabro más que conoció. Al igual que
para Buenos Aires yo no haya pasado más que cómo un simple turista, un número
más en su lista de migrantes temporales y curiosos. Pero para mí jamás será
así.
El amor platónico está
subvalorado. Para muchos el verdadero amor va de la mano de la posesión, “yo te
amo y te tengo conmigo”. Yo me enamoré de Buenos Aires, pero Buenos Aires nunca
va a ser mío. Sin embargo, siempre voy a tener esa semana conmigo, y siempre
voy a tener sus calles en mi memoria, tan solo eso me basta. Y de la misma
forma me enamoré de ella, la de las calzas manchadas, manos con pintura y alma
libre, y sé también que no la tendré. Pero el haberla podido admirar cada uno de esos siete días jamás se va a desvanecer, y ni el tiempo ni las cosas me van
a quitar eso. ¿Qué más puro puede ser ese amor?
Y sus ojos jamás dejaron de
brillar…
(Escrito a minutos de haber llegado a Santiago, un 3 de Julio.)